Berlín, una ciudad de interiores

Era mi primera vez en Berlín, es más, mi primera visita a Alemania. Cuando viajo, evito indagar sobre el lugar en cuestión y me dejo guiar por quienes lo habitan y por lo que me pide el cuerpo. En este caso, tuve como cicerone a Andreia, una buena amiga portuguesa con la que compartí risas y confesiones entre turnos en mi primer trabajo en Londres.

Alemania nunca me había atraído en exceso y la única idea que tenía de Berlín era el vago recuerdo de un reportaje de Planeta Finito en el que Paco León paseaba por la ciudad. Lo de que era alternativa lo tenía claro y también eso de las fiestas sin fin. Empezábamos bien. Con una hoja casi en blanco, dispuesta a dejar que la ciudad me sorprendiera.

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Desde que iba en el tren hacia Jannowitzbrücke, donde me alojaría, me sentí como si
me hubiese transportado a otra época, a cualquier decorado de la España de Cuéntame cómo pasó. La primera tarde, tras un largo paseo por Bernauer Strasse, Kottbussertor, Weserstrasse y Hermann Platz, Berlín se me antojó una ciudad remendada con retales de otras muchas. Tuve continuos déjà vu. En cada pisada, podía reconocer esquinas de otros lugares en los que ya había estado: el barrio lisboeta de Alfama; el Trastevere romano; la plaza de toros de Granada; Shoreditch, en Londres, y alguna zona de la periferia de Sevilla, todo aderezado con un extra de grafitis. En la capital alemana no existe señal de tráfico, contenedor de basura o tapia con un hueco al alcance del hombre que no esté firmado o decorado con spray.

"I love Berlin", East side Hotel. / Tamara Velázquez - Con la pluma en bandeja

Despertaron mi curiosidad edificios en avenidas céntricas que, incluso bajo la luz de un sol intenso, parecían oscuros, lúgubres, deshabitados. En más de una ocasión me imaginé a mí misma como a Óscar Drai en Marina, de Carlos Ruiz Zafón, adentrándome a escondidas en una de esas mansiones con aspecto abandonado. Pero, como “la curiosidad mató al gato” y ya había tenido varios encontronazos con ciudadanos ofendidos por el mero hecho de verme cámara en mano (los tenderos y dueños de bares y otros establecimientos pueden ser bastante agresivos si te pillan tomando fotos a sus productos o dentro de su local), decidí dejar la expedición para otra visita.

Botellas de vidrio en una cancela de Berlín. /Tamara Velázquez - Con la pluma en bandeja

Las calles están salpicadas con botellas de vidrio que se dejan a su suerte para que quien quiera las recoja, ya que el Gobierno paga algunos céntimos por cada casco vacío. Esto y la costumbre de reutilizar y sacarle partido hasta a lo que está semiderruido le atribuyen a Berlín un toque desaliñado que contrasta con algunos edificios futuristas, reflejo del perfil de ciudad emergente que es hoy la capital de la que se dice la mayor potencia Europea.

Como si de una urbanización en eterna construcción se tratase, Berlín tiene en sus puntos más simbólicos y turísticos, es decir, la torre de televisión Fernsehturm, Bradenburgen Tor, Alexander Platz, Nikolaiviertel (barriada superviviente a la guerra), Museumsinsel, Pergamonmuseum, Dircksenstrasse y Unter den Linden, su piso piloto y, por lo tanto, lo limpio y cuidado, su escaparate.

Catedral de Berlín. /Tamara Velázquez - Con la pluma en abndeja

El resto de esta urbe, el verdadero Berlín, el cotidiano, mantiene sus paredes dañadas, sin restaurar, con el ladrillo a la vista y marca con un adoquín diferente la zona en la que se erigía el famoso muro que un día lo dividió. Parece que sus habitantes no quieren olvidar el horror y la destrucción sufridos y mantienen esa estética descuidada, para que nunca más se repita esa barbarie.

Representaciones del antiguo muro de Berlín./Tamara Velázquez - Con la pluma en abndeja

Tengo que confesar que me gustó mucho más el Berlín de puertas para adentro que el aspecto exterior de la ciudad, demasiado sucia, demasiado gris. Me encantaron la decoración de las tiendas y, en los cafés y restaurantes, la sola iluminación de las velas a la caída de la tarde, las vajillas deshermanadas, las postales destinadas a personas que vivieron en el siglo pasado y la creatividad con la que hacen uso de enseres antiguos para diseñar ambientes nuevos y recargados que te hacen sentirte como en una casa en la que han habitado innumerables generaciones, cuyos tabiques son testigo de infinitos secretos. El mejor ejemplo es la crepería Manouche, en Grimmstrasse.

Un lugar perfecto para encontrar esos tesoros vintage es el mercado de segunda mano y artesanía que ponen los domingos en Mauerpark, aunque, de entre los numerosos parques que hay, mi favorito es el Görlitzer, por su cráter, su granja y por el bar Edelweiss que, antiguamente, era una estación de ferrocarril.

Görlitzer Park, Berlín./Tamara Velázquez - Con la pluma en bandeja

El paseo desde Kottbusser hasta Admiralbrücke por la orilla del canal se ha convertido en mi lugar preferido de la ciudad, me hubiera encantado haberlo visto en verano, cuando los jóvenes hacen tributo a la caída del Sol con un botellín en la mano. También me fascinaron el Oberbaumbrücke, al final de la East side Gallery (como se conoce a lo que queda del muro), y el Café Cinema, una joya para los amantes del Street Art. No os podéis perder el mercado turco de Kreuzberg ni dejar de lado la noche berlinesa, yo fui a una fiesta en Fiese Remise y Dan Deacon puso la banda sonora a mi viaje, con un concierto inigualable, en la sala Schuwz (Neukölln). /Tamara Velázquez

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***NOTA: Si echas de menos fotos de interiores no es por dejarte con la intriga sino porque es realmente un desafío eso de sacar la cámara sin un permiso oficial.

Algunos datos a tener en cuenta si piensas ir a Berlín:

  • No aceptan tarjeta de débito extranjera en la mayoría de los comercios.
  • Aunque está prohibido, puedes fumar dentro de los locales.
  • Las currywurst no son nada del otro mundo, mejor ve a por el shawarma con más clase que comerás nunca por €5, en el restaurante Falafel Falafel de Skalitzer Str.
  • No hace falta hablar alemán, todos hablan inglés.
  • Cuidadito con no picar el ticket de transporte, la penalización es de €40, hay muchos revisores tanto en los trenes como en el metro y en este caso, al contrario de lo que ocurre con la ley antitabaco, sí son bastante inflexibles.
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